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Carmelo y Pepeíllo por.- Eduardo León

 

Carmelo y Pepeíllo

19/03/2020



Llegaron casi en los mismos días desde la desbastada Europa, la que puso los muertos y sus bienes en la segunda guerra mundial, con los mismos sueños y angustias, eran apenas unos adolescentes cuando, por razones económicas, la familia de ambos decidió que era hora de buscar en América alguna forma de salir de esa situación, que solo lo que han vivido las guerras lo saben.

Uno llegó desde Italia, Carmelo, o Carmine, que es como se dice en su idioma original, desde Sturno, provincia de Nápoles, con la promesa que le hicieron unos parientes de conseguirle trabajo, con 17 años apenas, tomó el barco atiborrado de nacionales que salían con el mismo sueño a Sudamérica, la mayoría prefería a Argentina, Carmelo Cangero a Venezuela. El otro de España.

 Esa fue una atracción mágica, dijo, años después, cuando confesó, luego de visitar a sus familiares en Italia, que no se acostumbró   a su suelo de origen y añoraba con volver a su cálida “patria”, pues de verdad sabía más de Venezuela que de Italia, tanto es así que nada de la historia de Simón Bolívar le era ajeno, se devoraba, literalmente todo lo que en sus manos caía sobre la vida y obra de El Libertador, su casa o sus casas, siempre contaron con fotos, impresos con la imagen y pensamientos bolivarianos. Sus hijos, los propios y los que heredó, aunque nunca hizo diferencia de uno y de otros, le oían a aprendían de los héroes patrios nacionales.

Fue carpintero, aprendiz, en Acarigua, hasta que se tropezó con un paisano de Avelino, Sturno, Michele Stanco, que era tipógrafo y allí empezó entre letras, tintas y máquinas de imprimir a aprender un oficio que luego la convirtió en un arte. Fue el pionero, junto a su socio, en Portuguesa en la llamada Offset, en Editorial Reus, luego, cuando la banca de la cuarta república depredadora como todas las bancas le quitó parte de las  maquinas impresoras por una deuda de 120 mil bolívares.

No se rindió tenía una buena cartera de clientes, que más que eso eran sus amigos, no botó a nadie, sus trabajadores se restearon con “El Musiú” como le decían sus allegados, casi todos venezolanos y, con lo poco que le dejó el Banco, armó otra empresa, Gráficas Nino, cuando le preguntaban porque Nino, la respuesta sorprendía, era lógico pensar que se refería a alguien de su natal Italia. Pues no, solo era su lema de batalla: “Nosotros Iniciamos Nuevas Obras…Nino…”

Debió acudir a eso que se ganó a pulso, la amistad de muchos, entre ellos un español, Pedro Hernández, Pedrín, con las mismas pasiones de Carmelo, el Portuguesa FC, a quien le regalaba las entradas aun en esos momentos de renacimiento, como el Ave Fénix, y la tipografía. Pedro, Pedrín le dijo mi taller de impresión es suyo mientras dure su emergencia, solo que la gente de Nino debía trabajar después que finalizaran los Gutenberg, que es como se llamaba la empresa de Hernández. 

 Pero eso no era suficiente hubo que acudir a otras fuentes para cumplir con los clientes, a la par que se adquirieron algunas vetustas maquinas usadas, en Barquisimeto gracias a Zofbith, una offset un octavo grande y otras por allá en Maracay, gracias a un “préstamo” de uno de sus hijos adquiridos en la vida, Pedro Francés, que debió hacer un largo viaje desde Villa de Cura hasta Barquisimeto para llevar un cheque para que el entregaran una maquina manual de impresión tipográfica, una antigua Minerva, Máquina Tipográfica Chandler 1/8 de pedal  que Piña, operador,  la ponía volar.

Tampoco era suficiente, hubo que acudir a otros amigos, allí apareció, un español, en la carrera 21 de Barquisimeto, cerca del Terminal, que, como Carmelo, había llegado después de la guerra en Europa, y de inmediato surgió la empatía entre ambos hombres, Pepeíllo y Carmelo, el primero ofreció su taller para imprimir lo que pudiera, hasta le ofreció una máquina, La Pequeña Gigante, al italiano para que se la pagara poco a poco.

Fue una relación fraterna a través de terceros, de solidaridad entre paisanos, pese a ser de diferentes países, pero con los mismos problemas que deja una guerra, pese a que nunca se conocieron personalmente…No sabemos quién dejó este espacio terrenal primero, pero, donde quiera que estén, si eso fuera posible, debe estar imprimiendo libros para que se multipliquen los sueños colectivos… Lo recuerdo ahora, pues, hace poco pasé por la calle donde tenía su taller, que también era su casa, Pepeíllo, sigue ahí con la misma magia que tienen los talleres de impresión donde se inmortalizan los pensamientos…




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